sábado 2 de enero de 2010
jueves 10 de septiembre de 2009
Por ahora
Hola mis pequeños lectores, grandes donde los haya con elle y allá nos quedemos un día en el bar, donde mejor se está...
Este blog por el momento se queda tal como está, para los que no hayan sin elle leído las aventuras del pervertido nada ahí lo tienen , lo leen y dejan algún comentario, más que nada por mi ego, eso de alimentarlo solo me cuesta un riñón y parte del huevo izquierdo.
Sí que no sean vagos y leen aunque no sea este blog.
un besillo con ell e igriega
nos vemos chavalas y chavales
ciao
Este blog por el momento se queda tal como está, para los que no hayan sin elle leído las aventuras del pervertido nada ahí lo tienen , lo leen y dejan algún comentario, más que nada por mi ego, eso de alimentarlo solo me cuesta un riñón y parte del huevo izquierdo.
Sí que no sean vagos y leen aunque no sea este blog.
un besillo con ell e igriega
nos vemos chavalas y chavales
ciao
viernes 3 de julio de 2009
sábado 4 de abril de 2009
Bitacora de un pervertido
Hola amigo y lector que sigues este Blog, te invito a leer el último capítulo de Bitácora de un pervertido y de paso todo el libro en este formato de issuu, y aprovecha la semana santa para disfrutar de la lectura.
Etiquetas:
fantasías sexuales,
perversión,
pervertido,
psicoanalista,
sexo
viernes 3 de abril de 2009
Bitacora de un pervertido X X
XX
El instinto animal está más desarrollado en mí que el humano, en el caso de que existiese éste último, pero tras leer La evolución de las especies, no me cabe duda: soy un animal, un depredador en potencia.
Por eso comprendo ahora las emociones que sentí al acabar con ellos. ¿Un animal no siente, no padece, mata para sobrevivir? No soy un animal del todo, porque como he dicho sentí emociones, aunque nadie ha estado en la piel de un león, por ejemplo, y ha sentido lo que éste siente al lanzarse sobre su victima, al dejarla imposibilitada bajo sus enormes fauces. No, nadie, pero yo sentí emociones hasta aquel momento desconocidas para mí, luego descubriría que soy un antropófago porque me satisface la carne humana, soy cruel y sanguinario: necesito del sufrimiento ajeno para satisfacer mi ego.
Estuvieron cenando casi dos horas, pero no desistí en mi intención, así que tomé la determinación de sentarme no lejos de la entrada del restaurante, una calle poco concurrida, en la que brillaban farolas que daban a los pocos transeúntes que pasaban un aspecto grotescamente amarillo como si estos estuvieran desvaídos, o en trámite riguroso de explosión de su hígado, que hace algunos siglos se consideraba el motor del ser humano, quiero decir que era la pieza primordial por delante del corazón, o del estómago; donde yo creo que radican todas las emociones que nos hacen sentir una u otra sensación, están en el estómago no en el corazón porque cuando tienes miedo es el estómago el que se encoge, lo sientes, puedes sentir el pellizco en él, sin embargo no en el corazón, que puede que se acelere porque el estómago se ha contraído y en la contracción solicita más sangre, por eso el corazón bombea con prisa para hacer que el pellizco en el estómago se calme.
Me senté, como he dicho no muy lejos de la entrada del restaurante y pude observar el mundo desde una perspectiva a la que no estaba acostumbrado. Y fumé, fumé, y recordé el humo saliendo de la boca del Muya, su sonrisa entre platas y oros, sus ojos chicos y de perversa mirada donde el mal se había alojado, ojos que habían visto cómo su propietario disparaba sobre inocentes: viejos, niños, mujeres, jóvenes, y también habían visto aquellos ojos cómo el cuerpo que los albergaba y el de otros habían gozado las carnes trémulas de adolescentes que tomaban con violencia y luego abandonaban como el león abandona la pieza cobrada a las hienas una vez a satisfecha su hambre. Ellos, el doctor y mi fiel adorada media naranja dejaron los restos de su cena, pagaron, fueron leídos, a ella, los posos del café, solo cortado, y el lector, brujo de pacotilla, mago de la estafa y el engaño, no le dijo la verdad: le auguró plena felicidad; y quizá tuviera razón: ¿se alcanza la felicidad con la muerte?
A los dos se la regalé yo. El Muya apagó su cigarro, y con el pie lo aplastó sobre los guijarros.
El instinto animal está más desarrollado en mí que el humano, en el caso de que existiese éste último, pero tras leer La evolución de las especies, no me cabe duda: soy un animal, un depredador en potencia.
Por eso comprendo ahora las emociones que sentí al acabar con ellos. ¿Un animal no siente, no padece, mata para sobrevivir? No soy un animal del todo, porque como he dicho sentí emociones, aunque nadie ha estado en la piel de un león, por ejemplo, y ha sentido lo que éste siente al lanzarse sobre su victima, al dejarla imposibilitada bajo sus enormes fauces. No, nadie, pero yo sentí emociones hasta aquel momento desconocidas para mí, luego descubriría que soy un antropófago porque me satisface la carne humana, soy cruel y sanguinario: necesito del sufrimiento ajeno para satisfacer mi ego.
Estuvieron cenando casi dos horas, pero no desistí en mi intención, así que tomé la determinación de sentarme no lejos de la entrada del restaurante, una calle poco concurrida, en la que brillaban farolas que daban a los pocos transeúntes que pasaban un aspecto grotescamente amarillo como si estos estuvieran desvaídos, o en trámite riguroso de explosión de su hígado, que hace algunos siglos se consideraba el motor del ser humano, quiero decir que era la pieza primordial por delante del corazón, o del estómago; donde yo creo que radican todas las emociones que nos hacen sentir una u otra sensación, están en el estómago no en el corazón porque cuando tienes miedo es el estómago el que se encoge, lo sientes, puedes sentir el pellizco en él, sin embargo no en el corazón, que puede que se acelere porque el estómago se ha contraído y en la contracción solicita más sangre, por eso el corazón bombea con prisa para hacer que el pellizco en el estómago se calme.
Me senté, como he dicho no muy lejos de la entrada del restaurante y pude observar el mundo desde una perspectiva a la que no estaba acostumbrado. Y fumé, fumé, y recordé el humo saliendo de la boca del Muya, su sonrisa entre platas y oros, sus ojos chicos y de perversa mirada donde el mal se había alojado, ojos que habían visto cómo su propietario disparaba sobre inocentes: viejos, niños, mujeres, jóvenes, y también habían visto aquellos ojos cómo el cuerpo que los albergaba y el de otros habían gozado las carnes trémulas de adolescentes que tomaban con violencia y luego abandonaban como el león abandona la pieza cobrada a las hienas una vez a satisfecha su hambre. Ellos, el doctor y mi fiel adorada media naranja dejaron los restos de su cena, pagaron, fueron leídos, a ella, los posos del café, solo cortado, y el lector, brujo de pacotilla, mago de la estafa y el engaño, no le dijo la verdad: le auguró plena felicidad; y quizá tuviera razón: ¿se alcanza la felicidad con la muerte?
A los dos se la regalé yo. El Muya apagó su cigarro, y con el pie lo aplastó sobre los guijarros.
Etiquetas:
amor,
asesinato,
celos,
fantasías sexuales,
pervertido,
pervesión,
psicoanalista,
sexo
sábado 28 de marzo de 2009
Bitacora de un pervertido X I X
XIX
Ella era la personificación de todas mis fobias. No entiendo por qué me había enamorado tan inútilmente. A veces el corazón te puede gastar una mala pasada. Pero yo no creo en el corazón en sí, más bien en el estómago, que es el órgano que a mí se me resiente con todo cambio, tanto de estación como de mujer.
Ella no estaba bien de la cabeza, siempre tan insegura, con esa imprecisión a la hora de tomar decisiones. ‘Ella no está bien’, le decía yo a mis amigos, bueno a uno, que por aquel momento parecía ser un tipo honesto, aunque yo no bajaba la guardia, le contaba todo al respecto de ella, él parecía escucharme con mucha atención. ‘No, ella no está bien’, repetí yo como un loro repite la frase mil veces escuchada de boca de su entrenador, que en la ridiculez de su intento no decae su deseo de conseguir que el pájaro diga cuatro tacos, se ría, picotee a los pánfilos…
Pero ella estaba mejor que yo, claro, estaba, ahora siquiera es un recuerdo para sus conocidos, familiares y amigos, por este orden el secreto de la existencia se revela a todo aquel que quiera seguir haciendo el gilipollas.
-Te amo demasiado para dejarte- me dijo una vez la dulce reina de mis aventuras, una flor de topacio brillo en su rostro cuando pronunció tal sentencia, pero yo parecía intuir que me engañaba.
Todos necesitamos justificar nuestros actos porque nuestra estúpida conciencia, manipulada durante siglos, nos dicta valores que han sido todos creados para alinear a los hombres, y alimentar sus egoístas prejuicios.
Estaba muerto, yo, mucho antes que ellos, y no caí el día que el soldado Muya se desentendiera de mí; no, caí abatido para siempre el día que mi Musa me dijo: ‘tenemos que hablar’ en ese momento la pistola fue a parar debajo de un coche; el Muya charlaba, como sin querer verme, con uno de sus compañeros, otro tipo que enseñaba sus desgarro, su desconexión con el mundo real, otro idealista poco escéptico que persigue el dogma divino en pos de una humanidad nueva.
En la partida salió bastos y yo llevaba oros, pero no sirvieron los oros para nada, al menos al soldado Muya, sus oros le sirvieron para enseñarme en cuánto valoraba él la vida, y en cuánto la muerte.
Se sucedieron unas horas y ya llegada la noche, sin que todavía llegase a estar del todo oscuro, mis queridos tortolitos decidieron entrar en un restaurante griego, en los posos del café salió la muerte.
Ella era la personificación de todas mis fobias. No entiendo por qué me había enamorado tan inútilmente. A veces el corazón te puede gastar una mala pasada. Pero yo no creo en el corazón en sí, más bien en el estómago, que es el órgano que a mí se me resiente con todo cambio, tanto de estación como de mujer.
Ella no estaba bien de la cabeza, siempre tan insegura, con esa imprecisión a la hora de tomar decisiones. ‘Ella no está bien’, le decía yo a mis amigos, bueno a uno, que por aquel momento parecía ser un tipo honesto, aunque yo no bajaba la guardia, le contaba todo al respecto de ella, él parecía escucharme con mucha atención. ‘No, ella no está bien’, repetí yo como un loro repite la frase mil veces escuchada de boca de su entrenador, que en la ridiculez de su intento no decae su deseo de conseguir que el pájaro diga cuatro tacos, se ría, picotee a los pánfilos…
Pero ella estaba mejor que yo, claro, estaba, ahora siquiera es un recuerdo para sus conocidos, familiares y amigos, por este orden el secreto de la existencia se revela a todo aquel que quiera seguir haciendo el gilipollas.
-Te amo demasiado para dejarte- me dijo una vez la dulce reina de mis aventuras, una flor de topacio brillo en su rostro cuando pronunció tal sentencia, pero yo parecía intuir que me engañaba.
Todos necesitamos justificar nuestros actos porque nuestra estúpida conciencia, manipulada durante siglos, nos dicta valores que han sido todos creados para alinear a los hombres, y alimentar sus egoístas prejuicios.
Estaba muerto, yo, mucho antes que ellos, y no caí el día que el soldado Muya se desentendiera de mí; no, caí abatido para siempre el día que mi Musa me dijo: ‘tenemos que hablar’ en ese momento la pistola fue a parar debajo de un coche; el Muya charlaba, como sin querer verme, con uno de sus compañeros, otro tipo que enseñaba sus desgarro, su desconexión con el mundo real, otro idealista poco escéptico que persigue el dogma divino en pos de una humanidad nueva.
En la partida salió bastos y yo llevaba oros, pero no sirvieron los oros para nada, al menos al soldado Muya, sus oros le sirvieron para enseñarme en cuánto valoraba él la vida, y en cuánto la muerte.
Se sucedieron unas horas y ya llegada la noche, sin que todavía llegase a estar del todo oscuro, mis queridos tortolitos decidieron entrar en un restaurante griego, en los posos del café salió la muerte.
Etiquetas:
bitácora,
fantasías sexuales,
pasión,
perversión,
sexo
lunes 23 de marzo de 2009
Bitacora de un pervertido X V I I I
XVIII
Venganza, qué maravillosa palabra que define la compensación que recibe uno al ejecutarla.
Antes de llevarla a cabo tuve tiempo de reflexionar sobre mí, sobre qué hago, qué voy hacer, y qué vendrá después a mi mente cuando haya ejercitado el oficio tan antiguo de verdugo. Verdugo es en fin la vida misma, que nos ejecuta sin escrúpulo, verdugos sus actores, y sus componentes, tanto externos como internos, verdugos las soledades, los sentimientos, los deseos, las sensaciones, verdugos los perros, los gatos y esas ropas íntimas de color naranja que vuelven a encender en mí esos fuegos fatuos extinguidos por mi venganza que es el mayor de los verdugos, asociada con el más cruel de todos: los celos.
Sí, desde pequeño sentí celos, celos del vecino, de la vecina, de mí, de todo cuanto me rodeaba por ser yo un niño dado al amor sin medida y el mundo que me rodeaba entonces, y el que lo hace ahora, acostumbra a medir las porciones en las que ha de administrar tanto el amor como el odio, éste verdugo y ejecutor de cuantas muertes suceden en la tierra.
Pero: ¿por qué razón los celos me llevan a odiar y a matar? No lo sé, quizá sea un acto divino. ¿No es el hombre más dios cuando posee entre sus manos la facultad del exterminio, no ha habido hombres que como dioses han exterminado a miles de seres?
Sí, ellos allí retozando del sexo y ella con su cuerpo cubierto por sus íntimas prendas anaranjadas como su piel, como su pelo, como su vida que se diluye entre el estertor de la muerte y el que produce el orgasmo. Él debatiéndose entre la pena y la desolación que produce el verse liberado de tanta carga; un mar de espuma salada que baña a la Ninfa que yace en su delirio de diosa inerte.
La pistola se pega a mis dedos como una furcia se pega a la polla succionando con su lengua pegajosa para extraer del surtidor el líquido de Eros, el auténtico elixir de juventud: todo aquel o aquella que lo bebe rejuvenece y deja de pertenecer al reino de los muertos. En ese momento me hago una pregunta: ¿por qué los hombres se llenan de soberbia cuando empuñan un arma? ¿Por qué los hombres sienten la necesidad de poseer cuanto hay sobre la faz de la tierra? Forniquemos todos como locos hasta que llegue el final, hasta que una bomba de protones nos reviente en las barbas y ponga a remojar las de los planetas externos, sí, forniquemos como lo hacían ellos cuando mi pistola les enseñó sus oros y sus platas y yo silbé al compás susurrando: ‘La vie est une merde, vous êtes mort avant d'être né’.
Venganza, qué maravillosa palabra que define la compensación que recibe uno al ejecutarla.
Antes de llevarla a cabo tuve tiempo de reflexionar sobre mí, sobre qué hago, qué voy hacer, y qué vendrá después a mi mente cuando haya ejercitado el oficio tan antiguo de verdugo. Verdugo es en fin la vida misma, que nos ejecuta sin escrúpulo, verdugos sus actores, y sus componentes, tanto externos como internos, verdugos las soledades, los sentimientos, los deseos, las sensaciones, verdugos los perros, los gatos y esas ropas íntimas de color naranja que vuelven a encender en mí esos fuegos fatuos extinguidos por mi venganza que es el mayor de los verdugos, asociada con el más cruel de todos: los celos.
Sí, desde pequeño sentí celos, celos del vecino, de la vecina, de mí, de todo cuanto me rodeaba por ser yo un niño dado al amor sin medida y el mundo que me rodeaba entonces, y el que lo hace ahora, acostumbra a medir las porciones en las que ha de administrar tanto el amor como el odio, éste verdugo y ejecutor de cuantas muertes suceden en la tierra.
Pero: ¿por qué razón los celos me llevan a odiar y a matar? No lo sé, quizá sea un acto divino. ¿No es el hombre más dios cuando posee entre sus manos la facultad del exterminio, no ha habido hombres que como dioses han exterminado a miles de seres?
Sí, ellos allí retozando del sexo y ella con su cuerpo cubierto por sus íntimas prendas anaranjadas como su piel, como su pelo, como su vida que se diluye entre el estertor de la muerte y el que produce el orgasmo. Él debatiéndose entre la pena y la desolación que produce el verse liberado de tanta carga; un mar de espuma salada que baña a la Ninfa que yace en su delirio de diosa inerte.
La pistola se pega a mis dedos como una furcia se pega a la polla succionando con su lengua pegajosa para extraer del surtidor el líquido de Eros, el auténtico elixir de juventud: todo aquel o aquella que lo bebe rejuvenece y deja de pertenecer al reino de los muertos. En ese momento me hago una pregunta: ¿por qué los hombres se llenan de soberbia cuando empuñan un arma? ¿Por qué los hombres sienten la necesidad de poseer cuanto hay sobre la faz de la tierra? Forniquemos todos como locos hasta que llegue el final, hasta que una bomba de protones nos reviente en las barbas y ponga a remojar las de los planetas externos, sí, forniquemos como lo hacían ellos cuando mi pistola les enseñó sus oros y sus platas y yo silbé al compás susurrando: ‘La vie est une merde, vous êtes mort avant d'être né’.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)