viernes 3 de abril de 2009

Bitacora de un pervertido X X

XX

El instinto animal está más desarrollado en mí que el humano, en el caso de que existiese éste último, pero tras leer La evolución de las especies, no me cabe duda: soy un animal, un depredador en potencia.
Por eso comprendo ahora las emociones que sentí al acabar con ellos. ¿Un animal no siente, no padece, mata para sobrevivir? No soy un animal del todo, porque como he dicho sentí emociones, aunque nadie ha estado en la piel de un león, por ejemplo, y ha sentido lo que éste siente al lanzarse sobre su victima, al dejarla imposibilitada bajo sus enormes fauces. No, nadie, pero yo sentí emociones hasta aquel momento desconocidas para mí, luego descubriría que soy un antropófago porque me satisface la carne humana, soy cruel y sanguinario: necesito del sufrimiento ajeno para satisfacer mi ego.
Estuvieron cenando casi dos horas, pero no desistí en mi intención, así que tomé la determinación de sentarme no lejos de la entrada del restaurante, una calle poco concurrida, en la que brillaban farolas que daban a los pocos transeúntes que pasaban un aspecto grotescamente amarillo como si estos estuvieran desvaídos, o en trámite riguroso de explosión de su hígado, que hace algunos siglos se consideraba el motor del ser humano, quiero decir que era la pieza primordial por delante del corazón, o del estómago; donde yo creo que radican todas las emociones que nos hacen sentir una u otra sensación, están en el estómago no en el corazón porque cuando tienes miedo es el estómago el que se encoge, lo sientes, puedes sentir el pellizco en él, sin embargo no en el corazón, que puede que se acelere porque el estómago se ha contraído y en la contracción solicita más sangre, por eso el corazón bombea con prisa para hacer que el pellizco en el estómago se calme.
Me senté, como he dicho no muy lejos de la entrada del restaurante y pude observar el mundo desde una perspectiva a la que no estaba acostumbrado. Y fumé, fumé, y recordé el humo saliendo de la boca del Muya, su sonrisa entre platas y oros, sus ojos chicos y de perversa mirada donde el mal se había alojado, ojos que habían visto cómo su propietario disparaba sobre inocentes: viejos, niños, mujeres, jóvenes, y también habían visto aquellos ojos cómo el cuerpo que los albergaba y el de otros habían gozado las carnes trémulas de adolescentes que tomaban con violencia y luego abandonaban como el león abandona la pieza cobrada a las hienas una vez a satisfecha su hambre. Ellos, el doctor y mi fiel adorada media naranja dejaron los restos de su cena, pagaron, fueron leídos, a ella, los posos del café, solo cortado, y el lector, brujo de pacotilla, mago de la estafa y el engaño, no le dijo la verdad: le auguró plena felicidad; y quizá tuviera razón: ¿se alcanza la felicidad con la muerte?
A los dos se la regalé yo. El Muya apagó su cigarro, y con el pie lo aplastó sobre los guijarros.

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