sábado 14 de marzo de 2009

Bitacora de un pervertido X V I I

XVII

Con las manos en los bolsillos, y en el izquierdo, inquieta, mi mano izquierda con la que en tantas ocasiones he rememorado esos actos ninfáticos a lomos de los cuerpos de las mujeres que se ponían a mi alcance, tan sólo con mirarlas y luego… tan sólo con soñarlas como un Aluag de Sidama, acariciando el cachete de madera y disfrutando del tacto del acero, frío y calor al mismo tiempo como en mis aventuras onanistas en las que bellas mujeres se retorcían bajo mi implacable verga que como un Hércules toma las tierras ajenas, recorre sus playas, descansa sobre sus arenas y desafía las leyes de los que en ellas moran, y ennoblece a sus mujeres amándolas a todas por igual con la misma pasión de su insaciable pirámide, cúspide de los placeres terrenales y eternos. Sí, ellos ahí delante sin saber lo que les espera, una sueño con billete pagado al paraíso, o al infierno, qué más da un lugar u otro, al fin, al mismo olvido y con ello mi mal desapareciendo y sus cabellos dorados, más bien rojos como bolcheviques ansiosos de justicia cometiendo en nombre de ésta las más feroces acciones y las princesas deshojando las margaritas con las que se alimentan los cerdos. Yo no sé a dónde iremos, a dónde irán ellos una vez los he muerto. Pero no nos desviemos del tema, mi prisión no es la culpa sino todo lo contrario, y quizá también, la gloria de haber dejado mis fantasmas a buen recaudo entre sus dos cuerpos, los mismos que disfrutaban con el goce de la carne, esa que a mí me alejaba de ellas, y me acercaba a la muerte, la misma con la que soñaba en mis horas solitarias de masturbación sublime. Ella, sí, y en concreto ella, mi mayor justicia que vino a cambiarme por otro, y que no dudó en cambiarme a la vez por otro y éste por otro y al otro por éste y ahora, mi querido doctor, su gran fallo ha sido adulterar mi compromiso e incumplir su palabra, destruir su código de profesional, su ética, su silencio para tenerla a ella, para disfrutar físicamente lo que, con toda probabilidad, ya había disfrutado en su mente, como yo lo hacía con aquellas Ninfas que venían a casa con mi novia, la que ahora es ex, y muerta, la que es todo y nada, la que ya no puede buscar refugio entre los esqueletos de hombres como yo, sin voluntad propia y supeditados a la ajena como auténticos condenados a la esclavitud eterna.
Cansado de seguirlos por las calles parecía que nunca se iban a detener aquellos reos, e iban dándome esquinazo de tienda en tienda y de café en café, mal gasté horas de un magnífico día, pero al final mereció la pena tan larga penuria que como el penitente hice recorriendo tras ellos, sin ser descubierto, todos los rincones de ésta maravillosa ciudad donde mis huesos vinieron a dar por amor, como siempre ha sido en mí: propio el movimiento de mi corazón por amor, nada más por amor, por la misma razón por la que acabé con ellos horas más tarde, porque tuve tiempo de degustar mi venganza, de satisfacer mis deseos.

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