XVIII
Venganza, qué maravillosa palabra que define la compensación que recibe uno al ejecutarla.
Antes de llevarla a cabo tuve tiempo de reflexionar sobre mí, sobre qué hago, qué voy hacer, y qué vendrá después a mi mente cuando haya ejercitado el oficio tan antiguo de verdugo. Verdugo es en fin la vida misma, que nos ejecuta sin escrúpulo, verdugos sus actores, y sus componentes, tanto externos como internos, verdugos las soledades, los sentimientos, los deseos, las sensaciones, verdugos los perros, los gatos y esas ropas íntimas de color naranja que vuelven a encender en mí esos fuegos fatuos extinguidos por mi venganza que es el mayor de los verdugos, asociada con el más cruel de todos: los celos.
Sí, desde pequeño sentí celos, celos del vecino, de la vecina, de mí, de todo cuanto me rodeaba por ser yo un niño dado al amor sin medida y el mundo que me rodeaba entonces, y el que lo hace ahora, acostumbra a medir las porciones en las que ha de administrar tanto el amor como el odio, éste verdugo y ejecutor de cuantas muertes suceden en la tierra.
Pero: ¿por qué razón los celos me llevan a odiar y a matar? No lo sé, quizá sea un acto divino. ¿No es el hombre más dios cuando posee entre sus manos la facultad del exterminio, no ha habido hombres que como dioses han exterminado a miles de seres?
Sí, ellos allí retozando del sexo y ella con su cuerpo cubierto por sus íntimas prendas anaranjadas como su piel, como su pelo, como su vida que se diluye entre el estertor de la muerte y el que produce el orgasmo. Él debatiéndose entre la pena y la desolación que produce el verse liberado de tanta carga; un mar de espuma salada que baña a la Ninfa que yace en su delirio de diosa inerte.
La pistola se pega a mis dedos como una furcia se pega a la polla succionando con su lengua pegajosa para extraer del surtidor el líquido de Eros, el auténtico elixir de juventud: todo aquel o aquella que lo bebe rejuvenece y deja de pertenecer al reino de los muertos. En ese momento me hago una pregunta: ¿por qué los hombres se llenan de soberbia cuando empuñan un arma? ¿Por qué los hombres sienten la necesidad de poseer cuanto hay sobre la faz de la tierra? Forniquemos todos como locos hasta que llegue el final, hasta que una bomba de protones nos reviente en las barbas y ponga a remojar las de los planetas externos, sí, forniquemos como lo hacían ellos cuando mi pistola les enseñó sus oros y sus platas y yo silbé al compás susurrando: ‘La vie est une merde, vous êtes mort avant d'être né’.
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