sábado 28 de marzo de 2009

Bitacora de un pervertido X I X

XIX

Ella era la personificación de todas mis fobias. No entiendo por qué me había enamorado tan inútilmente. A veces el corazón te puede gastar una mala pasada. Pero yo no creo en el corazón en sí, más bien en el estómago, que es el órgano que a mí se me resiente con todo cambio, tanto de estación como de mujer.
Ella no estaba bien de la cabeza, siempre tan insegura, con esa imprecisión a la hora de tomar decisiones. ‘Ella no está bien’, le decía yo a mis amigos, bueno a uno, que por aquel momento parecía ser un tipo honesto, aunque yo no bajaba la guardia, le contaba todo al respecto de ella, él parecía escucharme con mucha atención. ‘No, ella no está bien’, repetí yo como un loro repite la frase mil veces escuchada de boca de su entrenador, que en la ridiculez de su intento no decae su deseo de conseguir que el pájaro diga cuatro tacos, se ría, picotee a los pánfilos…
Pero ella estaba mejor que yo, claro, estaba, ahora siquiera es un recuerdo para sus conocidos, familiares y amigos, por este orden el secreto de la existencia se revela a todo aquel que quiera seguir haciendo el gilipollas.
-Te amo demasiado para dejarte- me dijo una vez la dulce reina de mis aventuras, una flor de topacio brillo en su rostro cuando pronunció tal sentencia, pero yo parecía intuir que me engañaba.
Todos necesitamos justificar nuestros actos porque nuestra estúpida conciencia, manipulada durante siglos, nos dicta valores que han sido todos creados para alinear a los hombres, y alimentar sus egoístas prejuicios.
Estaba muerto, yo, mucho antes que ellos, y no caí el día que el soldado Muya se desentendiera de mí; no, caí abatido para siempre el día que mi Musa me dijo: ‘tenemos que hablar’ en ese momento la pistola fue a parar debajo de un coche; el Muya charlaba, como sin querer verme, con uno de sus compañeros, otro tipo que enseñaba sus desgarro, su desconexión con el mundo real, otro idealista poco escéptico que persigue el dogma divino en pos de una humanidad nueva.
En la partida salió bastos y yo llevaba oros, pero no sirvieron los oros para nada, al menos al soldado Muya, sus oros le sirvieron para enseñarme en cuánto valoraba él la vida, y en cuánto la muerte.
Se sucedieron unas horas y ya llegada la noche, sin que todavía llegase a estar del todo oscuro, mis queridos tortolitos decidieron entrar en un restaurante griego, en los posos del café salió la muerte.

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